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Cómo poner límites sin culpa

jajaja, aquí igual no te resolvemos… ya nos gustaría.

Si existiera una receta para poner límites sin sentir culpa, probablemente estaríamos todas apuntadas a ese curso.Pero no hay fórmulas. Cada una llega al “no” por caminos distintos: algunas desde el cansancio, otras desde el hartazgo, otras desde una necesidad suave pero firme de no seguir sosteniendo todo.Este texto no es una guía paso a paso, sino una conversación sobre lo que pasa cuando empezamos a cuidarnos sin dejar de sentir.


Por qué nos cuesta decir “no” (y qué pasa cuando siempre decimos “sí”)

Poner límites no es una moda ni un gesto egoísta. Es una forma de cuidado. Pero muchas veces, incluso sabiendo esto, algo en nosotras se contrae cuando intentamos decir “no”. Sentimos culpa, miedo, incluso vergüenza. ¿Por qué?

Aprendimos que cuidar a otros era más importante que cuidarnos

Desde pequeñas, muchas mujeres —y personas socializadas en roles de cuidado— escucharon que “ser buena” es ser complaciente, amable, disponible.Esa educación emocional nos enseñó a asociar el amor con la entrega, y el rechazo con la pérdida. Decir “no” se vuelve una amenaza a los vínculos: ¿me seguirán queriendo si no cedo?

Poner límites, entonces, no es solo una acción, sino un proceso de reeducación emocional. Es atrevernos a romper el guion de la complacencia y construir otra manera de vincularnos: una donde el cuidado sea recíproco.


La culpa: ese eco del deber ser

Cuando intentamos priorizarnos, aparece la culpa. No porque estemos haciendo algo malo, sino porque estamos desobedeciendo una norma interna: “tienes que poder con todo”, “tienes que ser comprensiva”, “tienes que ayudar”.

Esa culpa es el eco del mandato del sacrificio. No habla de tu ética, sino del sistema que te enseñó a medir tu valor en función de lo que das.La culpa se calma no pidiéndole permiso, sino entendiendo su mensaje: estás saliendo del guion, y eso es exactamente lo que toca hacer.

“Poner límites no te hace egoísta, te hace entera.”

No se trata de eliminar la culpa, sino de entenderla

En los últimos años se ha extendido la idea de que hay emociones que “no deberíamos sentir”.Parece que ya hemos aprendido que está bien estar tristes, pero aún no que también está bien sentir culpa.No se trata de no sentirla nunca, sino de no dejar que nos gobierne.Patologizar la culpa —convertirla en un error emocional que hay que suprimir— es otra forma de violencia interna.

La culpa, en su forma más sana, es una brújula que nos recuerda que hemos cambiado las reglas del juego. No viene a castigarnos, sino a acompañar el tránsito hacia un modo más honesto de cuidar.


Cuando cedes todo, desapareces poco a poco

Ceder no siempre es malo. Pero cuando se convierte en el patrón, el cuerpo empieza a avisar: fatiga, irritabilidad, desconexión, apatía.Cada “sí” que damos sin quererlo es una pequeña renuncia a nuestra coherencia.Y llega un momento en que no sabemos si lo que hacemos lo elegimos o simplemente lo toleramos.

Decir “no” es un modo de volver al cuerpo, de escucharlo antes de que grite.El límite no es un muro, es un espacio de respiración.


Cómo empezar (sin que sea una guerra)

Poner límites no se trata de volverse tajante, sino de ser clara.Aquí algunas ideas que pueden ayudarte a empezar:

  • Respira antes de responder. No estás obligada a decir “sí” en el momento.

  • Cambia el “no puedo” por “no quiero”. La honestidad es más reparadora que la excusa.

  • No justifiques de más. Un límite no necesita un ensayo detrás.

  • Usa frases sencillas y firmes (no agresivas):

    • “Ahora no puedo atender eso.”

    • “Prefiero no hacerlo.”

    • “No me siento cómoda con esa dinámica.”

    • “Necesito descansar.”

    • “Gracias por pensar en mí, pero no me viene bien.”

    • “No quiero hablar de eso.”

    • “Te escucho, pero ahora necesito un momento para mí.”

    • “Eso no es negociable para mí.”

    • “Hoy no tengo energía para eso.”

    • “Voy a pensarlo, y te digo más adelante.”

Las palabras importan, pero lo esencial es el tono y la coherencia: decir no sin pedir perdón, sin explicarte de más, y sin tener que endurecerte.


Lo que viene después: sostener el límite

Poner el límite es solo el comienzo; sostenerlo es el desafío.A veces, la culpa vuelve disfrazada de incomodidad. A veces, las personas no reaccionan bien.Pero cada vez que sostienes un límite, fortaleces algo interno: la sensación de que tu palabra importa.Y desde ahí, el vínculo cambia: ya no se trata de agradar, sino de estar presente sin desaparecer.


Decir “no” es un acto de honestidad y de autocuidado.No te aísla, te permite estar. No te hace egoísta, te hace más humana.Y sentir culpa no significa que lo estés haciendo mal: solo que estás aprendiendo a hacerlo distinto.


En Abiertamente te esperamos —culpa incluida—, porque de eso también se habla aquí.

 
 
 

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